-Mi historia personal estaba cada vez más distante, quedaba sim-plemente el momento presente, el instinto, el Zahir había desaparecido... ¿El Zahir?
Había desaparecido, pero ahora me daba cuenta de que un Zahir era algo más que un hombre
obcecado con un objeto, una de las mil columnas de la mezquita de Córdoba, como decía el
cuento de Borges, o una mujer en Asia Central, como había sido mi terrible experiencia du-
rante dos años. El Zahir era la fijación con todo lo que había ido pasando de generación en
generación, no dejaba ninguna pregunta sin respuesta, ocupaba todo el espacio, no nos permi-
tía jamás considerar la posibilidad de que las cosas cambiaban.
El Zahir todopoderoso parecía nacer en cada ser humano, ganar su fuerza total durante la in-
fancia e imponer sus reglas, que a partir de entonces serán siempre respetadas:
La gente diferente es peligrosa, pertenece a otra tribu, quiere nuestras tierras y a nuestras mu-
jeres.
Tenemos que casarnos, tener hijos, reproducir la especie. El amor es pequeño, sólo da para una persona y, cuidado: cualquier intento de decir que el corazón es mayor que eso se consi-
dera maldito.
Cuando nos casamos, estamos autorizados a tomar posesión del cuerpo y del alma del otro.
Tenemos que trabajar en algo que detestamos porque formamos parte de una sociedad organi-
zada, y si todos hicieran lo que les gusta, el mundo no avanzaría hacia adelante.
Hay que comprar joyas; nos identifican con nuestra tribu, igual que los piercings identifican a
una tribu diferente.
Debemos ser simpáticos y tratar con ironía a la gente que expresa sus sentimientos; es un pe-
ligro para la tribu dejar que uno de sus miembros muestre lo que siente.
Es preciso evitar al máximo decir «no», porque gustamos más cuando decimos «sí», y eso nos
permite sobrevivir en un terreno hostil.
Lo que los demás piensan es más importante que lo que sentimos.
Jamás hagas escándalos, puedes llamar la atención de una tribu enemiga.
Si te comportas de modo diferente, serás expulsado de la tribu porque puedes contagiar a los
demás y desintegrar lo que ha sido tan difícil de organizar.
Debemos tener siempre en mente cómo permanecer dentro de nuestras chozas, y si no sabe-
mos, llamamos a un decorador, que hará lo mejor para demostrarles a los demás que tenemos
buen gusto.
Hay que comer tres veces al día, incluso sin hambre; debemos ayunar cuando nos salimos de
los cánones de belleza, aunque estemos hambrientos.
Debemos vestirnos como manda la moda, hacer el amor con o sin ganas, matar en nombre de
las fronteras, desear que el tiempo pase de prisa y que llegue la jubilación, elegir a los políti-
cos, quejarnos del coste de la vida, cambiar de peinado, maldecir a los que son diferentes, ir a
un culto religioso los domingos, o los sábados, o los viernes, dependiendo de la religión, y allí
pedir perdón por nuestros pecados, llenarnos de orgullo porque conocemos la verdad y des-
preciar a otra tribu que adora a un dios falso.
Nuestros hijos deben seguir nuestros pasos; después de todo, somos mayores y conocemos el
mundo.
Tener siempre un título universitario, aunque no vayamos a conseguir nunca un trabajo en
aquello que nos obligaron a escoger como profesión.
Estudiar cosas que jamás usaremos, pero que alguien dijo que era importante conocer: álge-
bra, trigonometría o el código Hammurabi.
Jamás disgustar a nuestros padres, incluso aunque eso signifique renunciar a aquello que nos
hace felices.
Escuchar música a volumen bajo, hablar bajo, llorar a escondidas, porque yo soy el Zahir to-
dopoderoso, aquel que dictó las reglas del juego, la distancia de los raíles, la idea del éxito, la
manera de amar, la importancia de las recompensas.
-Por eso es tan importante dejar que ciertas cosas se vallan. Soltar. Desprenderse. La gente tiene que entender que nadie está jugando con cartas marcadas, a veces ganamos y a veces perdemos. No esperes que te devuelvan algo, no esperes que reconozcan tu esfuerzo, que descubran tu genio, que entiendan tu amor. Cerrando ciclos. No por orgullo, por incapacidad o por soberbia, sino porque simplemente aquello ya no encaja en tu vida, cierra la puerta, cambia el disco, limpia la casa, sacude el polvo. Deja de ser quien eras y transfórmate en quien eres.
- Aunque sepa que tal vez haya perdido para siempre a la mujer que amo, tengo que esforzarme para vivir todas las gracias que dios me ha concedido hoy. La gracia no puede ser economizada. No hay un banco donde pueda depositara para utilizarla de nuevo cuando este en paz conmigo mismo. Si no disfruto de estas bendiciones, las perderé irremediablemente.
Dios sabe que somos artistas de la vida. Día nos da un martillo para esculpir, otro día pinceles y tinta para pintar un cuadro, o papel y lápiz para escribir. Pero nunca seré capaz de utilizar unos martillos en telas, ni pinceles en esculturas. Así que , a pesar de ser difícil, tengo que aceptar las pequeñas bendiciones de hoy, que me parecen maldiciones porque sufro y el día es bonito, el sol brilla, los niños cantan en la calle. Solo así conseguiré salir de mi dolor y reconstruir mi vida.
- Y después de todo, como dice un sabio persa, el amor es una enfermedad de la cual nadie quiere librarse, el que ha sido atacado por ella no intenta restablecer, y quien sufre no desea ser curado.